El amor y sus clases.

la raiz del amor
Decía un anciano, al discutir con un joven, que no es que todo tiempo pasado haya sido mejor, pero que existe una gran diferencia entre cómo se concibe el mundo hoy y cómo se concebía cuando él era joven. La diferencia, la única pequeña gran diferencia, es que cuando yo era joven, decía el anciano, amábamos a las personas y usábamos las cosas. Pareciera que hoy es al revés…
                Sin emitir ningún juicio de valor y sin juzgar a nadie, pensamos que mucha gente no es feliz porque aman más a sus cosas que a las personas que las rodean. Eso crea un círculo vicioso, porque a su vez la gente que las rodea actúa de la misma manera, generando en todos, todo el tiempo, una sensación insuperable de soledad y aislamiento. Éso es precisamente lo opuesto a la esencia del amor.
                Sin entrar en detalles de los que se ocupa la antropología, podemos afirmar que está científicamente comprobado que el amor surgió como una necesidad en nuestra especie de romper con la sensación de aislamiento que la inteligencia, su principal arma de supervivencia, le generaba. Ignoramos, y es algo que nunca podremos saber a ciencia cierta si el resto de las especies sienten lo que nosotros entendemos por “amor”; todos aquellos que tenemos, o en alguna ocasión hemos tenido mascotas, sabemos la manera en que te mira un perro, en que un gato se echa en tu regazo o la manera en que un caballo se alegra al reconocerte.                                    Desafortunadamente no tenemos la capacidad de comunicarnos de una forma más amplia con ellos, aunque de manera personal me gusta pensar que sí, que nuestras mascotas sienten lo mismo por nosotros que lo que nosotros sentimos por ellas y que el amor tiene un carácter universal y abarca a todas las especies, aunque repito, nunca lo podremos saber con certeza.
                Lo que sí podemos saber con certeza es que el ser humano sí es capaz de sentir amor y de hacerlo sentir a aquellos que son objeto de ese amor. Por supuesto, al decir “objeto” del amor no nos referimos a éste como cosa, sino como el objetivo, el sujeto, la finalidad de ese amor.
           Decíamos más arriba que los antropólogos afirman que el amor es una respuesta de nuestra especie a la sensación de aislamiento Abundemos; en las otras especies de antropoides superiores; chimpancés, gorilas, orangutanes, etc. Existe una forma de relación “natural”; los miembros de una familia, un clan o un grupo se “saben” miembros de una familia, clan o grupo y sus relaciones están muy bien delineadas en todos los miembros, se cuidan, se protegen y se asean unos a otros. Cuando el ser humano evolucionó, merced a su inteligencia, se dio cuenta de que si bien pertenecía a un grupo determinado, también era un individuo. Su vida, su presente y su futuro, si bien estaban ligados a su grupo, eran una experiencia individual, no colectiva. Ése sentimiento de individualización trae aparejado necesariamente una sensación de aislamiento. Puedo ser parte de un grupo, pero si mueren, mueren ellos y yo puedo continuar viviendo, si yo muero, lo hago solo, el grupo puede seguir viviendo. La conciencia de sí mismo, es la conciencia de la separatidad de cada uno de sus individuos. Este fenómeno se replica en cada uno los seres de nuestra especie; cuando un niño nace, sigue siendo uno con su madre, y lo continúa siendo hasta los cinco o seis años, en que toma conciencia de que puede valerse por sí mismo en la mayoría de las acciones de su vida, se percata de que puede estar solo, de que por más amor que sienta su madre por él los dolores y enfermedades que pueda padecer, los padecerá en carne propia, sin que nada ni nadie pueda compartirlos con él.
                Esta separatidad crea el sentimiento de soledad, angustia y ansiedad, es necesario escapar de ella y la sociedad y la psique humana han encontrado varios caminos para superarla.
                 El primer camino y el más común de ellos es la sumisión. La aceptación tácita e incondicional de los dictados sociales. Obedecer sin cuestionar los referentes que nos son inculcados desde la infancia y seguir la programación que de buena voluntad nos han hecho. Tenemos que aprender y aceptar las normas de comportamiento mayoritariamente establecidas. La educación, el trabajo, la diversión y aún las actividades durante el descanso están severamente reglamentadas. Hay que estudiar una carrera o un oficio para integrarse de adulto al aparato social, la “igualdad” se convierte en identidad. Nos vestimos igual, nos comportamos igual, trabajamos igual, sin importar el nivel social al que pertenezcamos, ocurre lo mismo. Paradójicamente tratamos de aparentar diferencia; le voy a un equipo deportivo diferente, me visto de manera diferente, tengo un auto diferente y aún pienso que mi trabajo es diferente. Falsa ilusión con la que nos dormimos todas las noches.
                El segundo camino para vencer la angustia de la separatidad es la creación. Sólo el que crea, aún en el campo de la artesanía, puede aspirar a ser parte “de”, sin integrarse y sin renunciar a lo que real y esencialmente se es. El artista, cualquiera que sea su campo, está por encima de la mayoría sumisa; puede manifestarse con libertad y de esta manera integrarse con su especie aportando lo que tiene de individual sin someterse al grupo.
                   El tercer camino es el amor. Sin embargo el problema del amor es que, al igual que el resto de los elementos que conforman los grupos sociales, está estandarizado. Se busca el amor romántico proclamado por los medios de comunicación colectiva; se piensa que el amor tiene los mismos mecanismos que conforman las leyes del mercado y el trueque; así la mujer da al hombre a cambio de y viceversa. En resumen, pareciera que lo importante es ser amado, sin importar la propia capacidad de amar. Pero eso no es amor, es una relación simbiótica, es soledad compartida. Es la trampa de dos que no se conocen, ni les interesa hacerlo, pero que da la impresión, a los demás y a uno mismo, de romper con la soledad. En contraste con la unión simbiótica, el amor, el amor verdadero, sig­nifica unión a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad.
El amor otorga al individuo la capacidad para superar su sentimiento de aislamiento y separatidad, y no obstante le permite ser él mismo, mantener su integridad. En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos.
Pero ¿Cómo reconocer al amor verdadero entre las fantasías amorosas que nos ofrecen los medios de comunicación?
El amor tiene cuando menos tres características propias que lo hacen distinguirse de los deseos sexuales apenas disfrazados de amor y de las exaltaciones emocionales provocadas por la soledad apenas tolerable.
La primera característica es la capacidad de dar.
En un sistema mercantilista como en el que vivimos, se espera dar para recibir, como en cualquier transacción comercial y no se entiende que el dar no está relacionado con la respuesta del otro. El que ama realmente se enriquece al dar, no necesita recibir nada del otro, porque en el dar está la plenitud. El malenten­dido más común consiste en suponer que dar significa «renunciar» a algo, privarse de algo, sacrificarse. El carácter mercantil está dispuesto a dar, pero sólo a cambio de recibir; para él, dar sin recibir significa una estafa.
Para el que ama realmente, dar posee un significado total­mente distinto: constituye la más alta expresión de potencia. En el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal experiencia de vitalidad y potencia exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mí mismo como desbordante, pródigo, vivo, y, por tanto, dichoso. Dar produce más felici­dad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad. El amor es entregar, es una resta que suma lo entregado, y una división que multiplica lo otorgado.
             La esfera más importante del dar no es la de las cosas materiales, sino el dominio de lo específicamente hu­mano. ¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa ne­cesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él da de su alegría, de su interés, de su com­prensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio. No da con el fin de recibir; dar es de por sí una dicha. Pero, al dar, no puede dejar de llevar a la vida algo en la otra per­sona, y eso que nace a la vida se refleja a su vez sobre ella; cuando da verdaderamente, no puede dejar de recibir lo que se le da en cambio. Dar implica hacer de la otra persona un da­dor, y ambas comparten la alegría de lo que han creado. Algo nace en el acto de dar, y las dos personas involucradas se sien­ten agradecidas a la vida que nace para ambas.
La segunda característica es el cuidado.
 Es especialmente evidente en el amor de una madre por su hijo. Ninguna declaración de amor por su parte nos parecería sincera si viéramos que des­cuida al niño, si deja de alimentarlo, de bañarlo, de proporcio­narle bienestar físico; y creemos en su amor si vemos que cuida al niño. Lo mismo ocurre incluso con el amor a los ani­males y las flores. Si una mujer nos dijera que ama las flores, y viéramos que se olvida de regarlas, no creeríamos en su «amor» a las flores. El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos. Cuando falta tal preocupación activa, no hay amor. El cuidado podría degenerar fácilmente en domi­nación y posesividad, si no fuera por el tercer componente del amor, el respeto.
La tercera característica es el respeto.
El respeto no significa temor y sumisa reveren­cia sino la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su individualidad única. Respetar significa preocuparse por que la otra persona crezca y se desarrolle tal como es. De ese modo, el respeto implica la ausencia de explotación. Quiero que la persona amada crezca y se desarrolle por sí misma, en la forma que les es propia, y no para servirme. Si amo a la otra persona, me siento uno con ella, pero con ella tal cual es, no como yo necesito que sea, como un objeto para mi uso. Es obvio que el respeto sólo es posible si yo he alcanzado independencia; si puedo caminar sin muletas, sin tener que do­minar ni explotar a nadie. El respeto sólo existe sobre la base de la libertad.
           Así pues encontramos que el amor, el real, es una capacidad inherente a todo ser humano, pero que no todo ser humano es capaz de desarrollar. Dice un viejo refrán que nadie habla más del amor que aquel que nunca lo ha sentido. No es fácil, implica una gran cantidad de esfuerzo y responsabilidad. Pero a fin de cuentas es un acto potencial y si bien analizamos el amor que puede sentir un hombre por una mujer o viceversa, este no es exclusivo.
Aclaremos: el amor es una cauda de sensaciones afectivas y de profunda sensación de plenitud, se manifiesta en los sentimientos de alegría y profundo cariño por otra persona, así como por el deseo de verla crecer y desarrollarse, de ser feliz y plena siendo lo que es, no lo que yo quisiera que fuera. Pero esa capacidad de amor se manifiesta, una vez que lo hace, no sólo por aquella otra persona, sino por la totalidad de lo que la vida significa. Decía el poeta José Martí que un hombre es el que siente en la propia mejilla la bofetada que se le da a otro hombre. Esa es la manifestación más amplia de otra de las manifestaciones que tiene el amor: el amor filial. No es solamente el amor que se tiene por los propios hermanos, es un sentimiento que nos hermana con otros hombres, con los que son han sido y serán. Así, la historia de la humanidad es la historia de mis hermanos y por tanto la mía propia. No puedo decir que amo a alguien y estoy a favor de la esclavitud y la explotación de otros hombres, me estaría mintiendo a mí mismo y estaría tratando de mentir a los demás. Dos puntas tiene el mal, diría Facundo Cabral, el hombre que pisa a otro hombre y el que se deja pisar; o el que permite que se pise a otros, podríamos agregar. Nadie habla tanto del amor como aquel que nunca lo ha experimentado.
               Por otro lado, dice la biblia, creencias aparte, “amarás a los demás como a ti mismo” o invirtiendo los términos de la ecuación, me amaré a mí mismo de la misma manera que amo a los demás. ¿No soy acaso el primero de los míos? ¿No me debo el mismo conocimiento y respeto que le debo a los demás? No podría hablar de amar a nadie si no soy capaz de hacerlo por mí mismo. Esa es una manifestación más del desamor que confundimos con el amor. Existe la tendencia generalizada de tratar de “corregir” los defectos de la otra persona, de hacerla sentir constantemente mal para, por oposición, sentirme bien yo mismo.
¿Por qué las películas, novelas y canciones que hablan de amor son tan solicitadas? Porque se vive en la fantasía de un amor ideal que no se siente. Ante esa incapacidad de amar ¿Cuántos no acuden al cine a ver y “vivir” una relación amorosa que viven los personajes porque les son indiferentes aquellos junto a los que están sentados?
Y, finalmente, para aquellos que creen en un ser superior ¿no dice el primer mandamiento de todas la religiones “amarás a Dios por sobre todas las cosas”? Y si todas las cosas no son sino una manifestación de lo que Él es ¿no debería decir el mandamiento “amarás a todas las cosas”? así, sin más.
            Hemos visto, en este corto recorrido, que la manera más efectiva de romper con la sensación de soledad e impotencia ante las fuerzas inconmensurables de la naturaleza no es otra sino el amor. Esa capacidad que nos pertenece a todos, pero que los intereses de una sociedad a la que no le interesamos como individuos trata de arrancarnos y la mayoría de las veces lo consigue. Pero cómo siempre, nuestro destino está en nuestras propias manos.
  Decía Quevedo “…polvo serás, pero polvo enamorado”

Autor: Luis R. & Mauricio R.

Free thinker, philosopher of ideas and magneto of "daemons" (inspiring ideas); I love the potential contained in children and how they interact with the world. I believe in the overall success of individuals.

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